Cuentos
Azul, gris, rojo...
7 marzo 2009
AZUL
Caminé solo por aquella ciudad, aunque ya nada era igual que antes. Encontré muy poca gente. Hacía quizá demasiado calor. Un gato azul me miró algo sorprendido, puede que hiciese muchos días que no veía a nadie ni a nada. Resultó ser una madre azul con gatitos azules. Jugué con uno de los gatitos, por fin sentía entre mis manos el calor de un ser vivo. Su suavidad me puso melancólico. Encontré también muchas puertas cerradas y me pregunté qué sentido tenía echar las llaves cuando ya no había nada que perder. Aun así, usando mi experiencia, logré abrir una de ellas facilmente. Tenía curiosidad...
GRIS
Nada más entrar encontré un lugar tan abandonado como lo estaba el resto del mundo exterior. Una ventana me recibió entreabierta y yo me atreví a mirar de nuevo hacia fuera. Sólo encontré humo y vacío. Me instalé sin pensármelo demasiado. Necesitaba descansar, había caminado mucho. Mis piernas aún no me habían fallado como único medio de transporte. Encontré café dentro de una alacena y pude prepararlo gracias a un buen fuego que me había encendido. Entró el gatito azul para hacerme compañía, o quizá era él quien la necesitaba. Luego, mirando a través de la ventana, comencé a recordar aquel cuerpo que alguna vez había amado. Me pregunté dónde te esconderías....
ROJO
Mi mente siguió divagando hasta que se hizo de noche. Recordé una y otra vez cuando bailabas sin parar, y como tu rostro se iluminaba dentro del mar, como si siempre le hubieras pertenecido . La añoranza me invadió de tal manera que por un momento pensé en dejarlo todo y no seguir caminando más. Todo me parecía tan lejano, tan imposible, como si todo eso no hubiera existido más que en mi propia imaginación. Intenté dormir pero no pude. De repente, sentí la necesidad de salir a buscarte, no sé por qué pensé que en alguna parte debías estar y decidí que buscarte sería lo último que me quedaba por hacer.
Texto y fotos: Ana Vallejo
A MI PADRE
-Perdona, me he olvidado de que estabas subida a una escalera y ahora, no puedo alcanzarte-. En ese momento comprendí que mi padre estaba delirando. Me pidió que le mojara los labios con un poco de agua, tenía sed. De vez en cuando entreabría los ojos, parecían los de un cervatillo asustado más que los de un hombre de setenta años. Sentí la pena subiendo por mis tripas hasta mi corazón, donde la alquimia mágica opera el milagro de las lágrimas. No pude remediar mojar la última sábana que le cubriría en vida. Cogí su mano algo fría y le pregunté: -¿A quién te refieres papá?, cerré los ojos, la pena ya instalada en ellos. -A tí hija mia, estás allá tan lejos...
Texto: Ana Vallejo



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